Trump se va, los rusos vienen: el mundo está loco, loco, loco

"Hasta diez mil soldados dicen que iba a enviar el nuevo zar de todas las Rusias para apoyar la independencia catalana o vaya usted a saber para qué"

Bueno, las elecciones norteamericanas siempre han tenido algo de espectáculo, de ‘show business’. Y, por tanto, siempre han tenido algo de trampa. No hay sino que recordar aquellas ’papeletas mariposa’ con las que, en Florida, allá por el año 2000, Jeb Bush ganó las elecciones para su hermano George, escándalo que, incomprensiblemente, no ha pasado a los anales de la peor historia ‘made in USA’. Lo de esta ocasión, me resulta, empero, insuperable: ¡el propio presidente de los Estados Unidos de América denunciando como fraudulentas las elecciones en su país!. Cual si estuviésemos hablando de una república bananera. Como me comentaba un diplomático amigo, acreditado en un puesto menor en Washington: “por mucho que nos empeñemos nosotros o cualquier otro Estado del orbe, nunca haremos el ridículo, nunca pisotearemos tanto la democracia, las instituciones, la ética y la estética política como ha hecho Donald Trump”. Y encima, le han apoyado con su voto más de sesenta millones de personas. Hard to believe, pero cierto.

Eso es lo malo: lo de Trump legitima cualquier exceso que pudiera perpetrarse en otra nación, sea la que fuere. Incluyendo lo de casa, naturalmente. Y casi –casi-- lo de Rusia. Menos mal que, le guste o no le guste y por mucho que plantee conflictos ante los tribunales de su país, procurando echar barro al poder judicial, Trump se va a ir de la Casa Blanca, laus Deo. Y cualquiera que llegue a sustituirle, incluso el anodino Biden, va a ser mejor. En ese sentido, seguramente el mundo, sin el chiflado del pelo naranja, será un lugar un poco más habitable, a pesar de todo. Algo es algo.  

Así que ya solo nos queda lo de Putin. Que carece de la cabellera fulgurante del americano –de hecho, carece de casi cualquier cabellera--, pero cuyo cerebro de espía clásico del KGB alberga seguramente circunvalaciones tan truculentas como las del ‘trumposo’ aún habitante del despacho oval. Ignoro si esta vez Putin, entre cuyos planes parece que se encuentra mantenerse en el Kremlin hasta 2036 --¿vivirá tanto tiempo?. Tendrá entonces 84 años, dos menos que Biden si este gana y repite victoria en 2024--, ha metido su garra de oso ruso en los comicios norteamericanos. Como, por cierto, ya hizo la vez anterior contra Hillary Clinton, y como tantas veces parece que ha hecho en comicios variados de países diversos; toda sospecha, si se trata del espía que vino del frío, está justificada. Seguro que oiremos hablar algo de esto en los próximos días.

Cuando dejemos de una vez por todas de citar a Trump, y parece que en las semanas venideras alborotará lo suficiente como para que no dejemos de hacerlo, volveremos a Putin. Inevitable. Mire usted, sin ir más lejos, la cantidad de espacio que le han dedicado los periódicos nacionales, sobre todo algunos madrileños, en relación a un muy extraño ‘affaire’ ocurrido en Cataluña: hasta diez mil soldados dicen que iba a enviar el nuevo zar de todas las Rusias para apoyar la independencia catalana o vaya usted a saber para qué. Y eso, palabra de honor, ha ocupado en su momento tanto espacio en algunos medios ‘fiables’ como la propia campaña norteamericana. La situación me recordaba a aquella película de Norman Jewison, tan divertida, ‘¡Que vienen los rusos!’. Claro que tan serio ha sido lo uno, lo de los soldados rusos, como lo otro, la campaña ‘trumphalista’ del megalómano. Dos charadas.

 

Y así vamos. De extremo a extremo, de Trump a Putin. Mientras, el eurocentrismo, que debería ser el polo racional, moderado, el ejemplo de una democracia tolerante donde las elecciones no puedan albergar sospechas de fraude ni los periodistas teman acabar en la cárcel por haber creado en Internet un periódico contestario, va naufragando poco a poco. Y es que, volviendo a los títulos de películas desternillantes, como aquella de Stanley Kramer, ‘el mundo está loco, loco, loco’. Muy loco. Lo que ocurre es que, en sus delirios geniales, ni Jewison ni Kramer pudieron imaginar jamás que el planeta iba a bascular entre un Trump que se negaba a largarse y un Putin empeñado en quedarse. Y los demás, mirando esta guerra de misiles absurdos que pasa sobre nuestras pobres cabezas. Deberían dejarnos votar. En Estados Unidos. Y hasta, si posible fuera, en Rusia. Porque somos víctimas de sus locuras, de las de ambos dueños del planeta Tierra.

 

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