¿Tomará Junqueras el turrón en casa?

"Es una aberración jurídica y contra el Derecho natural: la prisión de unos líderes secesionistas meramente por proclamar y tratar de poner en marcha el fruto de sus ideas"

Esta es la pregunta que se hacen en los cenáculos y mentideros madrileños de uno y otro signo: se trata de saber si los 'presos del Procés’ podrán disfrutar de una libertad más o menos plena ya a mediados de diciembre. Puede que con permisos penitenciarios tomen el turrón en casa, dicen en ambientes del Ministerio de Justicia, porque es improbable que, de aquí a menos de un mes, se pueda implementar un indulto, como sería el deseo de la mayor parte del ejecutivo central. Pero lo que es indudable es que el Gobierno de Pedro Sánchez quiere reformar la legislación de manera que nunca más sea posible que alguien, por haber cometido los mismos delitos que los implicados en el ‘procés’, consuma en prisión tres años de su vida.

“El delito de sedición, tal y como está contemplado ahora en el Código Penal, está pensado más bien para intentos de golpes militares del siglo XIX que para nuestros días”, admitió, en conversación con quien suscribe, alguien muy próximo al Ministerio de Justicia, donde no se disimulan las prisas por modificar los artículos 544 y 545 del actual Código Penal. Esta misma fuente también reconoce la escasa delimitación legal entre los delitos de sedición y rebelión, fuente de no pocos de los conflictos y desencuentros entre los jueces españoles y los tribunales europeos. Y es que el texto legal, en este preciso punto, no es que se haya quedado obsoleto: es que no está, dicen no pocos penalistas, bien hecho casi desde el comienzo.

Cierto que los redactores de estas normas, cuando el Código se modificó a mediados de los años noventa, jamás pudieron haber previsto que en Cataluña ocurriese lo que ocurrió más de veinte años después; pero no menos verdad es que los sucesivos gobiernos centrales en el Estado español se quedaron más bien cortos en su concepción del futuro y en el diseño de lo que sería el país dos décadas después. Y así se llegó a lo que, en mi opinión –y no soy el único ‘no independentista’ que piensa así--, es una aberración jurídica y contra el Derecho natural: la prisión de unos líderes secesionistas meramente por proclamar y tratar de poner en marcha el fruto de sus ideas políticas.

Creo que, con buen acuerdo y en aras de facilitar una ‘conllevanza’ orteguiana con Cataluña, el Gobierno de Pedro Sánchez ha optado por emprender una serie de reformas, también en el campo penal, que faciliten un acercamiento entre dos orillas que cada vez amenazaban con alejarse más, hasta hacerse irreconciliables. Mantener encarcelados a políticos que ganaban elecciones era una situación simplemente insostenible, por mucho que en Madrid estuviese casi vetado hablar públicamente de ‘presos políticos’. Creo que ningún Estado de derecho puede permitir la vulneración de la ley, pero tampoco puede tolerar que la aplicación estricta de la ley –summa lex, summa iniuria—contribuya a empeorar la situación que los textos legales trataban de reglar.

 

No quisiera entrar en excesivas disquisiciones jurídicas acerca de cómo han de aplicarse, de rigurosa o de laxamente, determinados preceptos legales hoy en vigor. Solo confío, a estas alturas, en que no se esté llegando demasiado tarde, por temor a las críticas de la oposición, o de las oposiciones, a lo que quizá podría ser un principio insuficiente de solución, aunque apenas fuese una solución provisional, pero  solución al fin. La política, nos advertían los clásicos, es un parche permanente, qué le hemos de hacer.

Soy incapaz de saber si, finalmente, Junqueras, la cabeza visible del grupo de presos, y sus compañeros de infortunio pasarán estas tristes navidades en casa. Tiendo a pensar que lo más justo, lo más práctico, lo más razonable, es que se coman el turrón con los suyos, lejos de los barrotes de prisión alguna. Y que, desde esa pax navideña, lejos de maximalismos, de fanatismos, de griteríos inútiles y contraproducentes, empiecen a construirse acuerdos y reformas de códigos que se nos han quedado dos siglos anticuados. El mundo, hoy, es simplemente otro y tendremos que aprender a construirlo entre todos. Con o sin mesas de negociación, que hasta ahora no han servido de nada. Es buen momento para comenzar a hacerlo.

 

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