El circo del equilibrista ilusionista

"El ilusionista acapara el espacio que la oposición, perpetuamente mirando hacia el dedo que señala a la luna y olvidando la luna, deja libre"

Ahora, la justicia ha anulado el ‘cierre’ de la ciudad y la Comunidad de Madrid impuesto por la sanidad de Salvador Illa. Es el último capítulo en el duelo a garrotazos entre el ilusionista y la presidenta de la CAM, que sale de su ensoñación para anotarse, o eso piensa ella, un tanto frente al Gobierno central. Y así, cada día. Ya nos decía Larra que escribir (en España) es llorar. Yo añadiría que escribir en Madrid, ser corresponsal en Madrid, es como ser corresponsal de guerra: derramarás lágrimas de desesperación, de frustración, de desconcierto. Ya sé que en todas partes cuecen habas, y mire usted el enorme lío político (y ciudadano) en Cataluña, sin ir más lejos. Pero temo que lo de aquí, desde donde escribo, es algo peor: tantos son los frentes bélicos que hay que cubrir.

 

Si hay dos Españas, como decía Machado (yo creo que son más) hay al menos dos ‘madriles’ en pugna perpetua: el del norte y el del sur, que es donde se ceba el virus; el de La Moncloa y el de la Puerta del Sol, una batalla sin cuartel en la que el bienestar ciudadano es lo que menos cuenta: lo importante es barrer al adversario, que es más bien rival a muerte. Narrar el día a día en la capital, que es ahora como un Wuhan en versión nacional, con bares, librerías y oficinas cerrados, desiertos,  es situarse en la perpetua equidistancia, en la perplejidad de intuir que ninguno de los bandos en liza tiene plena razón, sino más bien todo lo contrario.

Lo que ocurre es que, por encima de todo, se sitúa el ilusionista. Y cuesta mucho no centrar en él exclusivamente la atención, los ojos y los oídos del cronista, qué quiere que le diga. El acapara el espacio que la oposición, perpetuamente mirando hacia el dedo que señala a la luna y olvidando la luna, deja libre.

El ilusionista hace que su pianista favorito teclee el ‘Himno a la alegría’ en un país golpeado por la tristeza de la pandemia y la desesperanza, mientras explica a los embajadores europeos, y a los telespectadores todos, cómo modernizará y cambiará la nación. Luego se marcha, a velocidad del rayo Falcon, a Argelia, a ‘arreglar lo del gas’, sin que importe demasiado qué diablos es eso, y a las pocas horas le vemos en Barcelona acompañado por el Rey, más que acompañando al Rey. El mismo Rey, por cierto,  cuya visita a la misma Barcelona prohibió el omnipresente ilusionista una semana antes. Porque el ilusionista sabe rectificar cuando no le salen los trucos de magia y sabe cómo andar por la cuerda floja, me parece que sin red, haciendo compatible –intentándolo más bien– a Ciudadanos con Esquerra, a la vicepresidenta primera con el vicepresidente segundo y a ambos con la vicepresidenta tercera, a Irene Montero con Inés Arrimadas, a las churras con las merinas.

 

Y créame, oiga, que al ilusionista le admito y reconozco valores: en política, la magia de las apariencias, esa que tan bien domina el ayudante en el espectáculo de este moderno Houdini, tiene a veces tanta importancia como el fondo, los contenidos. Y no siempre es fácil deslindar unas cosas de otras. Y ya digo que escribir sobre todo esto en este Madrid que es el epicentro de las tormentas puede que no sea exactamente para llorar, pero sí para volverse algo loco contemplando al equilibrista-ilusionista y a su asesor áulico en pleno proceso de invención de escenarios atractivos para la ciudadanía-espectadora. No sé si nos sacarán de esta ni si tendremos el pan asegurado –que probablemente sí–, pero, desde luego, lo que tenemos asegurado es el circo. Que es, al menos, la mitad del ‘panem et circenses’ de Juvenal.

Y sobre ese circo prometo escribir quincenalmente desde esta columna, que tan generosamente me brinda este periódico. No le aseguro ser del todo objetivo, que la objetividad, en el periodismo y en la vida, es, como se sabe, muy subjetiva. Pero sí me comprometo a ir detallando, desde la independencia a la que me fuerzo, lo que hagan los trapecistas, los que se reclaman magos, los elefantes, los domadores de leones con sus látigos, los enanos y los payasos. Y el director de pista. De todo eso, que abundaba en los antiguos circos antes de que los animales fuesen prohibidos, tenemos mucho en este enorme cenáculo, en este mentidero nacional, antes la capital más bulliciosa del mundo. Tiempos pretéritos…

Gracias, pues, por acogerme. Estoy seguro de que no siempre estará usted de acuerdo con lo que opino, pero ni me callaré nada de lo que piense ni perderé jamás una vocación de polémica que someteré en todo momento a la crítica de quien verdaderamente ha de importarnos a quienes nos dedicamos a esto: la de usted, el lector.

 

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